Mar del Plata - Son tan
expresivos, la mayoría de ellos, que cuentan sin hablar. Cuando
están tristes, te empapan de lágrimas y cuando la alegría los
invade, dibujan sonrisas en caras ajenas tan grandes y llenas como la
que explotan en sus caras.
Luciano, Felipe, Victor
y Hugo vinieron a Mar del Plata a ver a la selección brasilera de
voleibol disputar el Final Six de la World League, especialmente a
eso. Primeramente a eso. Los dos primeros desde Porto Alegre y los
otros dos, desde Río de Janeiro. Gauchos y cariocas. Los cuatro se
hospedan en el mismo hostel que yo y se encargaron de musicalizarme
la estadía. Porque ellos cuando hablan, en realidad cantan. Palabras
que hacen una melodía natural y constante. Musicalidad perfecta.
Gente maravillosa.
Luciano y Hugo
particularmente, saben mucho de voleibol, de diferentes maneras, y en
diferentes aspectos. Sobre distintas épocas y jugadores que las
marcaron. Pero ambos saben, eso es innegable. Y entonces, el balance
es positivo siempre, siempre ganancia. Por eso de la musicalidad y
eso de aprender, te dan ganas de hablar voleibol cuando llegas al
hostel después de ocho horas en un estadio, donde el voley es lo que
ves, respiras, y de lo que hablas.
Italia ya le ganó a
Bulgaria el partido por el bronce de esta edición y ahora es el
momento de la Final. La espera da tiempo para que los kioscos de los
pasillos del Islas Malvinas, se llenen de gente que va a comer algo o
a tomar café para cortar el frío y la espera. Los animadores
dentro, hacen su laburo para mantener a la gente entretenida. Sábado
y domingo han sido días de shows con bailarines foráneos, juegos de
luces y vestuario especial. Y la previa del último y más
trascendental juego del torneo, claro que no es la excepción.
Los cuatro están
tranquilos. Nada tensos. Hablan, ríen, Luciano recién llega de su
travesía rutinaria de ir a sacar fotos desde cualquier parte del
estadio, que después nos mostrará. Felipe habla con los españoles,
dos chicas y un pibe, que vinieron del hostel a ver el día final de
la Liga Mundial. Bailan las coreografías endemoniadas que propone
el animador. Tranquilidad. Alegría de estar ahí y de que Brasil, lo
haya hecho de nuevo, y este en otra final de el torneo que más veces
ganó, al que nunca faltó y del cual, con la de hoy, tiene 17
medallas. Lo que esta por empezar definirá de que color es esa
medalla. El rival es Rusia. El que le ganó hace 11 meses en los
olímpicos de Londres, y el que le ganó hace cuatro días en este
mismo lugar en la jornada inaugural del torneo. El fantasma soviético
que lo persigue hace un año. Felipe me lo dice en la previa, en un
español buenísimo, que engañaría al oyente distraído: hoy va a
estar difícil.
La batucada que suena a
brasilero por elección de ellos, da una vuelta a la cancha a ritmo
de tambores y sale por un costado, Luciano ya se sentó y se da
vuelta para saludar a dos rusos que tiene detrás y yo, al lado. Les
desea buen partido, y los europeos responden y coordiales devuelven
el mismo deseo. Bernardinho, ahora, deja de ser esa deidad que es
para brasileros y para todo amante del voley en general, y esta des
espalda a la red durante el calentamiento de saque y recepción.
Recibe las bolas que vienen de las recepciones brasileras y le pasa
la pelota a los sacadores brasileros, en un movimiento dinámico.
Quizás lo haga siempre, pero verlo hacerlo es raro. Porque ningún
técnico de este torneo lo hizo y porque es Bernardinho. Quizás sea
también por lo que se juega. Que es un lugar al que Rezende ya
asistido infinidad de veces. Pero es el rival. Y el técnico
brasilero quiere transmitirlo siendo uno más. Visoto, el opuesto
brasilero, que se lesionó hace cuatro días ante los rusos, parece
que juega. El arma más determinante de Brasil en la previa pudo
jugar sólo un set en este Final Six. Y vuelve por la revancha
personal, y la de su equipo. Revancha que vienen añorando hace once
meses, aunque no lo digan en las conferencias de prensa o en los
testimonios posteriores y previos a los juegos. La cabeza del
deportista funciona así la mayoría de las veces. La revancha, es
uno de los elementos necesarios para mantenerse motivado dentro del
alto rendimiento. Y vale. Y valerá siempre y cuando esto sea
entendido como un deporte, como un juego. Y no como una guerra o
alguna cosa terrible en la que perder no esta en la paleta de
opciones.
Los cuatro cantan el
Himno de su país en voz alta. No es raro. Lo hacen siempre, pero de
visitante siempre se canta más fuerte. Migajas de un nacionalismo
que todos tenemos, o que todo queremos que tengan. No sea cosa que
seas un antipatria. La delegación rusa hace lo mismo. Todo listo,
momento del juego. A lo que vinimos, porque juegan Brasil y Rusia al
voley y eso no entiende de banderas si a vos te gusta este deporte.
Hay un pequeño show de lásers antes que no se ven bien de donde
estoy yo. Ahora sí, seis de un lado y seis de otro y el dios pelota
al aire.
Brasil arranca ganado
cinco a cero. El bloqueo verdeamarelo domina y levanta a la torcida.
Mis amigo festejan cada punto, están rellenos de goce. Nadie
esperaba esto. Ellos menos. Loa rusos, bueno, no se que dicen, pero
no parecen felices. Mario, el libero brasilero, vuela para salvar
una bola contra los carteles lumínicos y la trae, el Islas Malvinas
aplaude la jugada que terminará en punto ruso. Y desde allí, serán
cuatro consecutivos castigando con el saque para romper esa ventana
que había sacado Brasil. 6 – 5. Mucho para Bernardinho. Minuto. Y
los rusos que sigo sin entender que dicen, festejan, pero siguen sin
parecer felices. A mis amigos la sonrisa no se le termina de borrar
pero si se les achica. Brasil llegará primero al técnico de ocho.
Rusia con un bloqueo soberbio lo dará vuelta, sacará una luz
importante gracias a sus atacantes y Brasil intentará volver, pero
todo le costará mucho. Los rusos son imperativos desde la red. Los
brasileros ahora contemplan en silencio y soportan con hidalguía los
gritos furiosos de los rusos que ven como su equipo se escapa. Isaac
mete una bomba de saque, hace ruido de bomba cuando sale de la mano
del central brasilero, y la torcida tiene un respiro de ilusión y se
levanta al ritmo de ¡Isaque! ¡Isaque! Lucarelli es el bálsamo
ofensivo entre tanta pared soviética, y el servicio ruso se equivoca
demasiado. Destruye diferencias numéricas desde ahí. Y Dante
Amaral, Dante, que viene siendo el profesor de la clase de defensa
que Brasil esta dando en esta final para poder seguir en partido,
ahora va a la red, y afloja ante el muro ruso gigante. Una sutileza.
Voleibol Arte. De repente, la paridad es total. Pagar la entrada esta
siendo un gran acierto. Ahora mis amigos se levantan al son de la
torcida amarilla, ¡Brasil, Brasil Brasil! Los suyos lo vuelven a dar
vuelta.
El palo por palo del
final es inquietante. Y en ese palo por palo el que esta mejor en el
momento decisivo del primer set es Rusia. Que se pone doble set
point. 24 – 22 y los rusos aúllan en tono grave. Lucarelli dibuja
algo increíble por zona cuatro, y salva el primero, lo intentará
hacer de nuevo, pero chocará con la exigencia del bloqueo ruso. 25 –
23 para los campeones olímpicos. Y mis amigos miran la cancha, pero
no hablan. Miran, piensan, se lamentan y se dan esperanzas pero en
silencio. Los rusos de al lado creo que ríen.
El segundo parcial
comienza con un Spiridinov imposible para la defensa brasilera. Y
encima este te los festeja. Si errara, todos acá diríamos que esta
hecho de humo, pero no. Mete y te lo festeja. Decimos que es medio
tribunero. En realidad sabe que en este, como tantos otros deportes,
se juega en un gran porcentaje con la cabeza. Pero este además es
muy cambiante por el sistema de puntos. Y pega por cuatro, y grita y
agita a la tribuna. Y la primera todo bien, pero en un momento clave
o con mucha ventaja, es punto doble para las cabezas rivales. Además
Brasil comienza aletargado en ofensiva. La cara de Luciano, tiene
todo esos síntomas. 6 – 2 para los europeos, que llegarán arriba
al primer técnico y desde ahí se escaparán. Bien lejos. Porque
Brasil sigue sin encontrar el camino del juego, el bloqueo ruso es
incómodo e impasable y eso jugadores con caras de oficinistas, de
burócratas soviéticos destruyen la defensa y recepción rival.
Hugo esta inmóvil en su asiento, la caída es inminente, salvo que
medie esa ilógica que tiene el deporte. Porque Rusia llega primero
al 16 y rápidamente se pone 19 – 12. La alegría es sólo rusa.
Lo que hace Nikolai Pavlov por las puntas del ataque ruso, es
intimidante. Y lo hace jugar con el ritmo de la Katusha a Roman, el
ruso que tengo al lado. Sigue la musiquita con la cabeza y cuando hay
que aplaudir para completar la melodía, aplaude. Esta féliz. Si,
Román esta feliz. Pavlov sigue insostenible y lo lleva hasta el
final. 25 – 19. 2 – 0 para Rusia en la Final del Final Six.
Los brasileros vieron lo
mismo, y salen de ese letargo pesado producto de la sandunga que le
acaba de dar Rusia a Brasil, y se dan vuelta para en inglés
preguntarle a Roman quien es Pavlov. De donde salió. Román, también
en ingles, cuenta que es ucraniano, que tiene alrededor de los
treinta años y que es uno de los pocos jugadores no nacidos en Rusia
que defendió la camiseta de la selección. Aprovecho el buen humor
de mi vecino, y le preguntó como se llama esa musiquita que ponen
cada vez que Rusia hace un punto. Me dice Katusha. Le pido que me lo
escriba, lo hace y vuelve a su asiento. Al rato me está contando que
la Katusha es un símbolo para los rusos porque fue un tanque que se
utilizó durante la Segunda Guerra Mundial y fue muy importante para
defender los intereses de la Unión Soviética.
Me quedó pensando en
Pavlov. En que es un tanque. En decirle Katusha Pavlov. Pero no,
mejor no. Me quedaré tranquilo un día después cuando en el hostel
una chica rusa de no menos de 20 años me dijo que la Katusha era un
tanque que mataba mucha gente. Un asco, haciendo cara de fastidio.
Rusia alcanzaría rápido
y sólido el primer técnico del tercero dejando a Brasil en dos.
Como para no cortar con las emociones y sensaciones que reinaban
hasta ese momento en el Polideportivo de Mar del Plata. Rusia
manejaba a voluntad todos los fundamentos del juego y lastimaba desde
todos eso lados. Felipe apoyada en la valla de adelante con la
bandera de Ceará que no le dejan colgar en la mano, grita un ¡Vamos
Brasil! que suena incípido, apagado. Los rusos siguen demoliendo la
tribuna también. Los otros tres están inmóviles, callados. De a
ratos y por un rato, Victor habla con Hugo. Y encima Muserskiy, el
gigante central ruso, que manda al suelo brasilero todo aquello que
se anima a pasar por su radar de 2.18. El 12 – 4 (y los dos sets
anteriores) parecen muy lejos. Pero Brasil va. Se anima, el ingreso
de Visoto le da aire a la ofensiva brasilera. Y a Luciano y a Hugo,
que parecían no tener más fuerza. El opuesto brasilero es ahora la
opción más buscada por Bruno. En el Poli se canta por Brasil, el
Poli quiere que gane Brasil, o bueno al menos que empate en dos sets
y después vemos en el tie break. Se acabó eso de no querer que
nunca, pero nunca, ganen los brasucas. Brasil se querrá venir pero
Rusia no lo dejará, nunca. Como durante todo el partido. Es Visoto
el que vuelve ir a la red después de varios intentos que chocaron
con la manos rusas y serán otra vez esas mismas manos, la de los
pibes bien arriba y la de los rusos más altas de todas la que dirán
que no. Y Róman se levantará de la platea con el puño cerrado en
el medio de un grito. Y yo no termino de mirarlo. Dos metros de
felicidad soviética para festejar el 25 – 19 final. El 3 – 0
final y su tercera medalla dorada en World League.
Hugo se dará vuelta,
abrirá los brazos con las palmas hacia arriba, torcerá un poco la
cabeza hacia su izquierda y dirá todo con esos gestos. Yo haré
gestos distintos pero diré lo mismos. Si, Hugo, fueron mucho. Los
cuatro acaban de presenciar una sandunga cósmica por parte de Rusia,
como la que ellos le dieron a Bulgaria en semis. Y ahí están
aplaudiendo de pie a los vencedores.
Al momento de la
premiación lo veo en la tribuna de prensa. Ahí están Rusia, Brasil
y el bronce italiano, que se vuelve a subir a un podio después de
nueve años. Los terceros son siempre los más divertidos. Siempre.
Tienen menos carga en la cabeza. Los veo y y pienso pecando de
inocente, que ni las medallas, flores y cheques lo hacen tan felices
como el aplauso de la gente. El aplauso de la gente, ese
reconocimiento bien lejos de casa les devuleve la cara de niños. Se
termina la World League con Rusia campeón y una Argentina demasiado
lejos de todo. Los periodistas estamos cansados, los voluntarios
también. Nos retiramos todos tranquilos, relajados, yo a la espera
del 591 en una noche marplatense que no sabes de donde viene el
viento y no hay forma de pararse sin que castigue.
Una hora después, llego
al hostel y ahí esta Luciano hablando con todos los que están en el
comedor sobre lo que paso, nadie se anima a cargarlo, pero porque
nadie entiende mucho. Llegó y lo abrazo, y me dice que recién ahora
esta cayendo. No me sale decirle nada. La estoicidad va
desdibujándose y duele. Le pregunto sí pudo firmar el libro. Me
dice que si. Sube el volúmen y vuelve a sonreir y me cuenta como fue
que paso. El libro de Bernardinho, que fue otros de los motivos por
los cuales vino: que el técnico de Brasil lo firme y se lo dedique a
su madre, que según el cuenta se levantaba a las cuatro de la mañana
en Sidney y Beijing para ver los partidos del seleccionado.
La primer página después
de la portada de “Transformando Suor em Ouro” que lo tiene a un
Bernardinho siendo arrojado por los aires por un grupo de jugadores,
ahora dice en portugués: Para Doña Cade, un beso grande,
Bernardinho.
gracias,
ResponderEliminarpor su compañía, por su paciencia, por su disposición para entender nuestro idioma, por tu alegría, por tu amistad.