Tenés
la espalda molida, las nalgas entumecidas, las manos rígidas que suenan
y suenan cuando las crujís. Hace dos días que no salís mucho a la calle
porque trabajas y trabajas, dormís y lees. El sol y el frío y todo
situación climática te es exógena en la piel. Lo ves. Es algo que sucede
allá, afuera de la puerta ventana. En el balcón, al que salís para
fumar cada cierto período de tiempo. Ya no sabes
como escribir lo que tenés que escribir y decidís prender la radio. Y
te acordás que hay un programa que hacen unos pibes despiertos que se
llama Devuelvan la Pelota,
que antes fue el libro que tenés en la biblioteca y ahora es radio.
Donde te hacen descubrir a un tal Filloy y una tal Caterva mientras
Monk toca el piano. Y mientras Monk sigue tocando el piano se habla de
Mary la del burdel y su poesía. Y se recitan otros temas de Jiménez.
Antes habían hablado con el Turco Oliva que estaba en Tucumán y te
habían dejado escribir algo en su muro para ganarte algo. Habían contado
la historia de un club de barrio que es una usina de talentos. Son tres
pibes al aire, y se nota que les gusta lo mismo, que se llevan bien
además de la radio. Se nota, se escucha. Suena Song of Elías de The Cat
Empire (nadie pone esa belleza en la radio) y después el Mostro
Sebastián. ¿Cuando te preguntan que es la magia de la radio? Decís
siempre que no sabés, pero lo que hacen estos pibes es parecido. Es un
caño amasado en campito poceado. Dicen que no saben si hacen las cosas
bien. Bueno, por lo menos a mi me volvieron las ganas de escribir y me
gané un cajita de chow algo.
"Doña
Vischin, Doña Vischin, clap, clap, clap Doña Vischin. Siiii? Me
devuelve la pelota" Y la pelota venia. Pelota o circunferencia, toda
cosa que tenga capacidad de girar sobre su eje. Digamos una
circunferencia de medias o de bolsas. Jugabamos con el Negro Cheché en
el patio de su casa. La canchita de dos metros, quizás tres, con el
centro del campo ralado y color tierra, tenia dos lujos. Uno, un arco
hecho con maderas y redes naranjas de bolsa de cebollas. Y otro arco
igual enfrente, el segundo lujo. Que el Cheche había hecho cansado de
que quizás nos peleemos por saber si había o no pasado por arriba del
buzopalo y no saber si era o no gol. Uno de los grandes debates del
fútbol en la historia. Doña Vischin era la vecina de de atrás, y cuando
la pelota cruzaba el tapial bajito y movedizo, era esa heroína que nos
la devolvía. La que nos devolvía la alegría, hasta el mediodía o hasta
las nueve, cuando había que ir a comer. El problema es cuando no estaba
la Doña. Y se encontraba en casa, sólo el Don. Don Vischin era sordo, y
si la pelota se sumergía en el patio de al lado y no venía nuestra
superhéroe, sabíamos que no quedaba otra que sentarse a comer nísperos y
jugar a las bolitas. Manuel Ruiz, últimas tres del DNI: 897. Barrio
Vélez Sársfield, San Francisco, Córdoba."
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