A José,
Cheché, Lucas, Graciela, Noelia, Paola. Leo, Fabián, Ariel, Emilio,
Esther. Ramón, Pocho, Gabi, Sammy, Alejo, Joaquin. Y por ellos
también.
Creo
importante aclararlo ahora, en el primer párrafo de todo esto. Creo
que es importante porque siempre lo he explicado así y hoy no voy a
hacer una excepción. Hoy no. Hoy menos. Soy, y seré, hincha del
Club Atlético Belgrano de Córdoba. Desde mi nacimiento. Es mi fe,
mi forma de vida. Soy de Belgrano y me hace muy feliz serlo. Aunque a
veces no pueda o no quiera explicar las razones. Nací en San
Francisco, pero sobre todo me siento de San Francisco. Mi casa, la de
mis viejos en realidad, está a doce cuadras del Boero y a tres de
donde estuvo la primera cancha del Club Sportivo Belgrano. En el del
Barrio Velez Sársfield. Soy de Belgrano, sanfrancisqueño y del
Barrio Velez.
Y ahí
empieza esto de explicar por qué no soy hincha de la verde. Porque
siempre tengo que explicar por qué no. Ahí entendí que se era de
Sportivo o no se era. Que Sportivo era un club. Nada de ser de otro y
de además de Sportivo. Nada de esa lógica idiota del que se dice
futbolero de tener el corazón partido por dos equipos diferentes.
Nada de esa miseria, de esa poligamia. De esa infidelidad atroz. Esa
tarde José me enseñó a respetar a Sportivo. Para mi, ese día
Sportivo pasó a ser un rival más. Un equipo más del que yo no era
hincha, y así fue siempre.
Llego a
San Francisco alrededor del mediodía. En el auto de Rodrigo, que
viene a cubrir el partido. Entramos por Caseros hasta 9 de
Septiembre, doblamos a la izquierda y le pegamos derecho hasta
Ingenieros. Recorremos San Francisco desde una de sus puntas hasta
otra de esas puntas. Vamos acompañados por la Selección Privada de
Jiménez y bombas de estruendo que se escuchan desde todos lados.
Esporádicas. Pero a tres horas del partido ya son parte de la
acuarela. Oficio de guía turístico de una ciudad sin ríos, sin
mar, sin cerro, sin accidentes geográficos relevantes. Cuento pero
en realidad veo. Quiero ver, a eso vine. No tengo ni acreditación ni
entrada para el partido entre Sportivo y Santa Marina por el ascenso
a la B Nacional. Pero vengo a ver a mi ciudad. Vengo a ver a la gente
de mi ciudad en este día. Un sólo patrón se repite por todas las
calles, de un extremo a otro: grupos de dos o tres personas reunidos
en un tapial o en una casa con la puerta abierta. Y el color verde.
Todo es verde. Otra vez hay peste en San Francisco.
Llegamos
a la casa de mi abuela, en el corazón del popular Barrio Sarmiento.
Rodrigo pasará una hora llenándose de piamonte. Lo creo necesario
para que su cobertura sea completa. Como mostrarle donde están las
800 o la cancha de Barrio Jardín, donde Juan Pablo Francia empezó a
descoser balones y los balones se empezaron a dejar descoser,
enamorados de él.
Por San
Juan derecho, le digo a Rodrigo. A la salida, por las dudas, andá
hasta esa esquina y bajá por San Juan derecho hasta que veas mi
casa. Dale hermano, mucha suerte. Le deseo un buen laburo y se pierde
para acreditarse. Yo cruzo la calle y me siento en un cordón, bien
enfrente de la popular de siempre que hicieron nueva. La tribuna está
de espaldas a mi. La gente de verde va y viene para todos lados. Se
mete entre las vallas, va de una entrada a otra. Buscan un lugar para
estacionar. Llegan en motos, en autos, a pata, en bici. La calle es
Rosario de Santa Fe que, además es ruta nacional, y ahora una
peatonal. Ahora domingo a la tres de la tarde, cuando falta nada para
que comience el partido más importante de la historia de Sportivo y
uno de los días más significativos de esta ciudad, la ruta nacional
se convirtió en el lugar donde los que no están adentro vienen a
ver qué pasa. Los autos a paso de hombre. Los camiones que están de
paso tocan bocina. Desde la punta de la popular devuelven saludos por
las dudas que sean para ellos. La Ruta es la 25 de Mayo cualquier
domingo a las ocho de la noche. Lo que importa está acá: detrás de
esa pared y esa tribuna. Y nadie se lo quiere perder. De la forma que
sea nadie se lo quiere perder. Vinieron desde Córdoba, desde algunos
pueblos de la zona. Quieren contar la historia desde ellos. Desde yo
estuve ese día ahí. Y el Boero está contento, hasta las manos
y contento.
Yo acá
vi mi primer partido de fútbol, de una manera medianamente
consciente al menos. Jugaban Sportivo y Belgrano por Liga Cordobesa.
Mi viejo me invitó a ver el Belgranito y no dudé. Un tiempo atrás
de cada arco. Empate uno a uno. En el segundo tiempo lo empató la
Verde con gol de penal y yo lo vi detrás del arco de la tribuna de
tablones, la que todavía tiene madera, la que da a Velez Sarsfield.
En la punta de esa tribuna estaba José. Y estaba también Emilio,
que es el padre de Leo: el Negro Leo, otros de mis amigos hermanos.
Con Leo también somos amigos desde los cuatro años. Leo todavía no
jugaba en Sportivo, jugaba su hermano Ariel, el Maní. Y por eso
estaba Emilio. El Maní integraría uno de los últimos equipos de
Sportivo de Liga Cordobesa. Sería campeón con Sportivo en uno de
los últimos torneos del club en Liga, antes de que Sportivo se vaya
de la competencia, para cerrar una de los capítulos más importantes
de su historia. El capítulo que lo hizo ser uno de los más grandes
del interior provincial. El torneo en el que se ganó el respeto.
Todavía en el garaje de la casa del Leo están las fotos. Y hay dos,
entre varias, que fueron sacadas en la misma época: la del Maní en
ese equipo y la del Leo con la de Defensores, Defensores de Sportivo.
¡Bienvenidos!
Entona la voz del estadio y la popular se empieza a mover, los brazos
a agitarse, las voces se hacen una sola. Los que están afuera meten
piques cortos hacia los diferentes portones de entrada. Otros, miran
desde afuera. No consiguieron entrada o la guita para la entrada.
Seremos varios los que viviremos el juego desde la vera de la ruta.
Muchos están pegados a las vallas amarillas que pretenden ordenar
los accesos y miran la puerta, para ver si de una vez se hace
transparente y pueden ver el partido desde ahí.
Y
entonces para mi el momento más lindo que tiene el fútbol. Porque
goles. Si, los goles también. Un caño, un sombrero, una amasada.
Pero a veces eso no pasa. Cero a ceros asquerosos. Pelotazos de un
lado y del otro. Nadie que se anime a tirar un firulete. Pero las
entradas, las recibidas del equipo están siempre. Y explota el
cielo. El estruendo es completo. Las bombas se mezclan con los himnos
entonadas a viva voz. Los globos largos. Los papeles cortados durante
toda la semana. Las bengalas de humos que dibujan nubes verdes y
blancas en el cielo despejado que va perdiendo celeste para hacerse
de Sportivo. Y ahí te das cuenta que es la coreografía espontánea
más maravillosa del planeta. Porque al rato, la obertura de nervios,
ansiedad, amor se corta con una silbatina feroz. La reprobación al
visitante, al que te viene a quitar la ilusión, gana la siesta de
San Francisco, que hoy no duerme la siesta. Hoy la ciudad peca. Por
Sportivo, cae en sacrilegio. Hoy mi ciudad es una bacanal. Milagros
imperceptibles.
El
banquete central, el motor de todo esto está por empezar. Los
veintidós ya colorean y dan relieve al césped. Espero el silbatazo
del árbitro que no escucho. El silbatazo lo dan los gritos iniciales
desde la popular. Y Sportivo arranca los primero cuarenta y cinco más
importante de sus 99 años de vida. Y sí, esto se sufre. Estaría
bueno que no, pero el corazón dirige la batuta.
Los
porteros flúor dejan entrar gratis a la gente que está afuera.
Cancerberos del anecdotario personal, no son conscientes de lo que
están haciendo. No tienen el tiempo aún de dimensionar que le están
regalando a más de cien personas uno de los días más importantes
de su vida. Y los portones se cierran. Mi radio no será ni FM, ni
AM. Mi tele no será en alta definición, ni los de tubo. Me voy a
enterar si Sportivo asciende o no por las caras, los gestos, los
silencios y los gritos de los sanfrancisqueños que están adentro
del Boero. Por eso vine. Porque para mi el posible ascenso de
Sportivo significa mucho más que el logro deportivo. Es más que
eso. Es ver a mi ciudad unida por algo, embriagada de felicidad por
algo común, copando la Plaza Cívica. Todos juntos. Sin edades, sin
clases sociales. Nada de eso. Vengo a ver a mi ciudad feliz y unida
por algo. Y eso se lo debemos a los jugadores, el técnico que nadie
conocía y a los dirigentes. Y a los jugadores, técnicos y
dirigentes que pasaron y sacaron al club del peor momento de su
historia para ponerlo ahora, en el mejor. Esto es algo más grande
que el Boero y lo que pasa ahí adentro es un regalo, aunque algunos
no lo quieran recibir, para setenta mil personas. Porque ¿cuántas
veces estuvimos como hoy?
Es el
primer tiempo y los casigol son aislados. Los insultos a los rivales
y al juez: los normales. Hay un grito de penal que no fue penal. Y
pienso, mientras los autos embanderados siguen pasando por la ruta,
que gran parte de esta ciudad no durmió. Hay parte de una ciudad que
está parada en las tribunas que está amanecida y malcomida. Un par
de frescos afuera demuestran que se amanecieron bebiendo. Pero están
los otros, adentro, con la cara desencajada, los ojos partidos, los
músculos tensos que anoche por más que lo intentaron no pudieron.
¡La puta que lo parió no puedo dormir! Los que se levantaron de la
cama y se fueron a la cocina para ver si viendo alguna boludez en la
tele les bajaba el sueño. Y no che, no hay caso. Y ahora ni se
acuerdan, ¡qué se van a acordar! Ni del sueño, ni de las
recriminaciones de anda o volvé a dormir, haceme el favor. Y del sí,
ahí voy autómata. ¡Para qué vamos a discutir! Porque, la verdad,
no había lugar en la cabeza para pensar en otra cosa que no sea
Sportivo. Porque ¿imaginate si asciende la Verde? Y así se
volvieron a acostar, pero para ocupar un lugar en la cama, en la
almohada, porque hace desde anoche que estos están acá. En ese
lugar de la tribuna donde están ahora. Tensos, ilusionados,
expectantes, eufóricos, chupados y un poco cagados también. Porque
este partido se juega hace cuatro días. Y si, es verdad que ellos no
patean, no pegan, no la mandan a guardar y a ellos no le sacan
amarillas. Pero explicales el dolor en las gambas, explicales que
ellos no juegan, explicales las pastillas para dormir.
La ruta
recupera su forma, su ritmo, su caudal. El de siempre y el de carrera
de TC en Rafaela. La policía de tránsito empieza a retirar vallas y
conos. La cana sigue dando vueltas con la misma periodicidad que en
el primer tiempo y en la previa. Ahora Rosario de Santa Fe no es más
de Sportivo: es de camiones brasileros. El Mercosur pasando al frente
del Boero.
El
entretiempo y el comienzo del segundo tiempo engañan y parece que
todo está calmo. Porque para el que pasa por afuera o está en la
cancha por primea vez, puede equivocarse y pensarlo. Pero no. Eso no
es calma. Porque si bien el empate asciende a Sportivo, acá y en
cualquier cancha, siempre esperamos un gol. Milagro máximo de la
deidad pelota. Gol orgasmo. Y hay silencios y silencios. Y el
silencio de los goles del futuro o el silencio de estar a menos de
cuarenta y cinco minutos de reescribir la historia de la ciudad, no
es silencio. Esa imposibilidad de verbalizar. Esa imposibilidad de
encontrar palabras. Para las miradas puestas en un punto fijo, en la
nada. Para la patita que no para de moverse, para los dedos sin uñas.
Y hay algunos que hacen análisis en esos momentos. Y no está mal
que lo hagan, quizás ellos si encuentran en el habla la forma
calmarse un poco, pero no sé cómo hacen. Pienso eso y pienso cuando
fue el momento, ese momento que hizo que hoy yo esté acá. Todo
nervioso, esperando que el guaso que tiene la bandera en la mano
grite un gol. O que el árbitro pite el final y todo sea carnaval.
¿Cuándo fue que yo empecé a cantar canciones de Sportivo mientras
me bañaba? ¿O a silbarlas mientras camino por la calle? El por qué
está más claro que el cuándo.
Esas
palabras de José se hicieron sólidas, se corporizaron para llenarme
la cara de dedos, para inundarme la conciencia, dieciséis años
después. Cuando yo ya vivía en Córdoba. Cuando la pertenencia se
hacía cada vez más penetrante. Primero fue un partido contra Alumni
en Alberione. Otra vez en San Francisco y un tres a uno precioso
contra Talleres. Un par de veces más en el Cható. Siempre con el
Cheché, Lucas, Ramón. Algunas veces con José y el Pocho. Después
vino el ascenso de Belgrano contra River y yo deje de ir a la cancha.
Estaba (y estoy) tan asqueado del circo del fútbol, de la violencia,
de los barras, de los usos políticos, del vértigo, del exotismo,
que decidí no ir más a una cancha de fútbol. No vi todavía a
Belgrano en Primera desde una tribuna porque sostengo que una de las
formas de protesta que tengo ante eso es no pagar la entrada. Y no lo
hago. Y no voy. Y tengo ganas pero no voy. Entonces en un primer
momento de contradicción y debilidad ideológica estoy viajando con
Cheché, Lucas y José a Catamarca en el Súper 9 mil. Y en un
segundo momento estoy en el Cható triste por quedar afuera de la
Copa Argentina contra Talleres en los penales.
Me miento
y digo que voy a la cancha porque lo quiero ver jugar al Juampi.
Pero no, no es sólo eso. Porque cada vez que me llega un mensaje de
vamos a ver a la verde a tal lado digo que si. No lo dudo. Porque eso
también es Sportivo para mi. Son mis amigos, mi barrio, mi ciudad,
sentirme cerca y abrazarme a eso. Es esa pertenencia que trato de no
tener tan a flor de piel, pero que a veces, como hoy, es muy evidente
que tengo. Para mi Sportivo es San Francisco. Sí, como tantos otros
equipos en tantas otras ciudades. Sportivo, para mí, es más que un
club.
Transporte
Morros. El segundo tiempo, la parte final del segundo tiempo me
encuentra sentado en ese mismo cordón del inicio pero de la otra
punta del estadio. Ya me levanté, caminé, fui y vine, varias veces.
Estoy sentado más cerca de Dorrego que de San Juan, cerca de los
semáforos de la calle que te lleva al Prado. Puedo ver la otra parte
de la tribuna. Como no hay gritos que indiquen nada, tengo la mirada
fija clavada en un guaso que tiene una bandera de palo y que cada
tanto, con las vibraciones de las canciones, la ondea. La ruta ya
recupero su ritmo, su velocidad. El semáforo que tengo al lado se me
hace eterno y los camiones del Mercosur son enormes. Desde siempre.
Tengo una
tanda de tres camiones de Transporte Morros frenados por el rojo del
semáforo. ¡El semáforo culiado que dura dos años! No sé cuántos
minutos del juego van. Y cuando la luz verde corre la camionada, veo
a un chabón que sale de la cancha puteando, que sale puteando y se
queda en la puerta del portón, mira, siente el partido desde ahí.
Le pregunto a uno que estacionó su camioneta al frente de ese
portón, de ese chabón. ¿Qué pasó? Me mira como extrañado, como
afirmando mentalmente que yo vivo en un termo y me dice: gol de
ellos, y sube la radio. El portón sigue abierto y no aguanto más.
Me mando. Cruzó la ruta medio confundido, sin mirar a los costados.
La parte de abajo de la tribuna reescribe lo que se entiende
normalmente por tristeza. Hay un silencio horrendo. Hay un loco
apoyado en la pared con la mirada perdida en el suelo. Otro sentado
sobre uno de los pilares de la pared con la cabeza entre las manos.
Al lado, un loco con una gorrita Nike flúor, llora y llora. Un amigo
lo abraza y llora también. Hay un nene rubio, sentado sobre una de
las bases de la columna que mira a todos los que pasan. Me mira a mi,
que me estoy agarrando la cabeza. Tiene los ojos hinchados, no sabe
todo lo que le duele lo que está pasando. Yo tampoco.
No viene
a ver esto. Entiendo que puede pasar, que es lógico. Pero vine
buscando gente nadando en un océano de felicidad. Y ahora estamos
todos componiendo un cuadro desolador. Verde y lleno de angustia.
Todo eso
se rompe. Un minuto después. El grito aturde. El cemento que tengo
arriba se agita. Y todos gritan penal. Penal. Y todos se abrazan. Se
aprietan los cuerpos tensos. Los brazos se aferran a las espaldas.
Las cabezas se chocan. Y la gente sigue llorando. Ahora marcados por
la esperanza. Un minuto que pareció todo un año de tristeza, se
cortan por un penal de alegría, de algarabía. La gente no quiere
ver. Un pibe al lado mío está arrodillado de espaldas a la cancha y
reza, pide que sea gol, por favor, que sea gol. El que lloraba con
las manos en la cabeza, ahora se levantó y camina de un lado al
otro. El de la gorrita sigue llorando. El nene se ríe pero no quiere
ver. No sé quién va a patearlo, trato ver a la cancha pero es
imposible. Hay muchas personas amontonadas en el alambrado. Al penal
parece que lo patean todos ellos.
Es
eterno, ese momento es eterno. La ansiedad te come las rodillas, te
arquea el cuello para atrás, no sabes qué carajo hacer con las
manos. Miras buscando confianza en los ojos de los otros. Y todo
estalla, corremos para todos lados, saltamos borrachos de alegría.
Somos todos bombas pequeñitas. Me abrazo con un loco que corre para
todos lados como yo. El de la gorrita ahora está levantado y se
abraza con dos más. Los novios se besan. Los grupos de amigos se
entrelazan en uno. Lo miró al nenito rubio, me mira y lo abrazo, lo
levanto bien alto, gritamos el gol juntos y giramos. Miro al de la
cabeza de las manos, que llora y se acerca su mujer y sus nenas y
ella lo besa y lo besa, y le dice: se lo merecían.
Queda
nada para que termine. Todos en un canto afónico. Sportivo asciende
a la B Nacional La verde, la peste verde, es Nacional. Y las caras,
mis radios y mis teles durante ochenta minutos tienen una sonrisa
sintonizada de pómulo a pómulo. Pasa un loco que me ve cantando y
me abraza. Busco a mis amigos arriba de la tribuna, llamo y ¡qué me
van a escuchar! Subo, todos bajan para ir a festejar a otro lado. Y
yo subo para buscarlos, y ahí están: el Negro Chaiben, el Negro
Cheché, Reimon, el gordo Gabi y el Pocho. Los abrazo y los vuelvo a
abrazar. Y cantamos. Y los jugadores giran en círculo dentro de la
cancha. Saltan y cantan. Está el Juanmpi, el Juanma. Los que
volvieron para esto. Los de acá. Están el Lucho y Rodrigo que se
hicieron de acá. Que son uno más. Los dirigentes, el técnico. Y
ahí pasa: es ahí cuando todos somos todos la misma cosa. La misma
masa uniforme de sentimientos. Y ellos festejan allá, y nosotros acá
en un colchón de papelitos que no dejan ver el cemento de la
tribuna.
Volvemos
por donde vinimos: San Juan derecho, desde la ruta al 300. Rodri está
emocionado. En parte no lo puede creer. Me cuenta el partido que cree
que vi. Yo le pregunto y él cuenta, y pregunta. Y yo le esquivo las
respuestas, porque no lo vi. Lo sentí. Y eso a veces es más difícil
de poner en palabras. Tenemos que llegar a casa, Rodrigo se va a
Córdoba, tiene que escribir lo que saldrá mañana en el diario.
Mientras él acomoda sus cosas, yo prendo la tele y pongo Canal 4. La
cámara de siempre que muchas veces sólo muestra silencio y nadie
cerca de la fuente, irradia verde. Hay mucha gente. Una bocha de
gente, hay un círculo en el medio para los jugadores que van a ir a
festejar ahí, para seguir siendo uno. Para seguir viendo bien de
cerca la historia que ellos escribieron y los cuentos del futuro que
los tendrán como protagonistas.
Salir de
San Francisco, alcanzar la 9 de julio para que Rodrigo agarre
Cervantes y después la 19 es un bardo. Está todo embotellado. La
ciudad festeja.
Vuelvo
caminando desde la rotonda que tiene al San Francisco azul. Agarro 25
de mayo buscando perderme en la marea de gente que festeja y festeja.
Y ya me pasó varias veces esto, pero me vuelve a pasar y es una
sensación que nadie debería perderse: caminar con el pecho inflado,
pero bien inflado. Lleno de orgullo, alegría. El pecho te explota y
la única forma de desinflarlo es silbando o cantando bajito la
canción que será tu mantra por días y días. Y ahí estoy en 25 y
Buenos Aires. Ésta es la banda de Sportivo, la banda que siempre va
a alentar, con los trapos... Y silbo. Y la gente me mira. Y si,
pareces loco. Pero también te miran esas otras personas que te
entienden y te regalan sonrisas sinceras, grandes, llenas de dientes.
Sienten lo mismo que vos. No encuentro en Libertador y 25, en la
Plaza, a mis amigos. Me voy a la pizzeria del Pocho y me acompañan
los fuegos artificiales. Y todos los sanfrancisqueños que ahí están
tienen el cuello quebrado en la espesura de la noche que se explota y
se ilumina de verde. Llego a lo del Pocho, nos volvemos a abrazar y
me dice que los chicos no están, que están allá. Y vuelvo entonces
a juntarme con mis amigos, a tomarme un fernet en el medo de la
calle. Salud Sportivo.
Vamos a
mi casa que lo quiero ver a mi viejo, me dice el Cheché. Anoche no
pudo dormir bien. Llegamos y ahí está el Josi, sentado en la punta
de la mesa. Yo me siento en la estufa que ahora genera fuego por gas.
José tiene la pierna izquierda del pantalón arremangado por arriba
de la rodilla. Un polvo cicatrizante cubre parte de la rótula. Me
caí en el gol, se me fue el pie y me caí. Me corte un poquito
adentro de la nariz también. ¡Cómo lloré cuando hicieron el gol
ellos! Bueno. Lloramos todos ahí. Cenamos, los Terraf y yo. Me
entretengo con el puré de garbanzos y le pregunto a Graciela en
donde vio el juego. Hablamos del partido, el zapping siempre se
detiene en un canal que está pasando imágenes de lo que pasó a la
tarde a siete cuadras de ahí. Y seguimos hablando. Hay mucha comida
en la mesa. Hoy José no pudo almorzar como siempre lo hace. Picó
algo y se fue temprano a la cancha. No había dormido bien, confirma.
No pudo. Me dice que tuvo muchas alegrías y sufrió mucho por el
club. Anoche se desveló tejiendo y retejiendo desenlaces. Capaz que
hasta se imaginó él haciendo el gol del ascenso. Nos vamos con el
Cheché, yo para mi casa y el para suya. Está cansado dice. Nos
abrazamos. Mañana nos vemos.
Le cuento
a mis viejos que recién llegan de viaje. Trato de contarles en
realidad, pero no cuento bien. Creo que no llegan a dimensionar lo
que fue San Francisco ese día. Lo que sigue siendo San Francisco a
las doce de la noche. Estoy destruido, cansado. Realmente uno se da
cuenta cuánto siente en una cancha de fútbol a las dos o tres
horas, cuando ya hizo la digestión. Lo único que pensás en pegarte
un baño y dormir. O acostarte, porque, eso también pasa, hay muchos
a los que le cuesta dormir. Que todavía se quedan viendo el partido
en la cabeza. Cierran los ojos y miran, y no se duermen rápido. Hoy
esos se dormirán tarde y felices.
Me
acuesto y no me duermo fácil. No cedo al imperio inconsciente. Viví
todo muy conscientemente, fue todo muy palpable. Todo. La tristeza,
la alegría, la ansiedad, las miradas, las lágrimas.
Las
bombas de estruendo que me recibieron, me despiden. Son las cuatro de
la mañana y San Francisco sigue en la caravana del festejo, apuesto
aún que sin significar en toda su dimensión lo que pasó. ¡Pero
qué importa! hay una ciudad embriagada. Hay una ciudad que intenta
reponerse de la locura. Porque Sportivo acá seguirá ascendiendo
mucho tiempo más, un mes más como mínimo. Cuando la realidad saque
a San Francisco del limbo en el que se metió hoy.
Hace unas
horas estaba en la punta de la tribuna. Veía cómo la gente se iba
del estadio caminado por la ruta para agarrar Libertador y bajar
hasta la Plaza Cívica. El sol empezaba a ceder, a esconderse. Y para
allá iban ellos. Los papeles jugaban con el viento: incontenibles y
omnipresentes. Había gente que no se quería ir del Boero, y no. El
atardecer y su postal de siempre no era lo más lindo de todo. Los
naranjas y amarillos eran los personajes secundarios en esa película.
Hoy, la alegría y la unión por algo en común de los
sanfrancisqueños fue más que todo eso. Más lindo que todo eso. Esa
sensación de estar todos juntos por algo agrandó aún más lo
logrado por Sportivo. La historia de mi ciudad se reescribió un 30
de junio de 2013. Y ha sido un placer verlo y sentirlo. Pero ha sido
mucho más placentero verlos a ustedes abrazándose y empapando la
siesta de locura.
Esa
locura que ahora no me deja dormir.
30 de junio
de 2013, Barrio Velez Sársfield, San Francisco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario